viernes, 10 de julio de 2015

Escritura y balbuceo: Elogio del primer borrador



 Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores.
Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.
Abelardo Castillo


I
Se acerca, mira el brazo de su abuelo, lo acaricia con la suave precisión de sus cuatro años y le dice: “Abuelo, qué hermosas plumas tenés, parecés un pájaro”. La nena no lo sabe pero es poeta. ¿Acaso alguien no lo es en la infancia?
En la infancia no hay prejuicios ni rótulos. No hay etiquetas. No sabemos qué figura retórica estamos utilizando y lanzamos nuestras líneas al aire; como besos en la orilla los soltamos, sin esperar que alguien los recoja en su red. En la infancia no tenemos conciencia de los recursos y por eso es una etapa en la que los usamos tanto y con tanta libertad.
La infancia de un texto es el primer borrador. En ese antes está el balbuceo, los pasos de arcilla que hay que dar sí o sí para intentar otros. No necesitamos la multiplicación de las hojas: una sola es la más cabal representación del vacío existencial. Porque hay en la ausencia lo borroso de la reposición. La hoja en blanco no debería atemorizar sino más bien invitar a sumergirse, a chapotear, a salpicar, pero ya no somos niños: ¿cómo reponer la frescura, la falta de miedo, el juego porquesí?
Ya me parece oír el coro: “¡Pero hay que pulir, corregir, limpiar!” Sí, respondo, y también “fijar y dar esplendor”. ¡Eso es otra cosa! ¿Por qué no hablar alguna vez del antes, de los momentos más volcánicos y pasionales en que dejamos todo ahí, para derrotar al vacío? Esos instantes en que como niños valientes soltamos nuestros versos: el primer borrador, el único, el que nadie ve más que nosotros.
Ya habrá tiempo después para corregir, para buscar todo tipo de accidentes. Vendrá el tiempo de los diccionarios, de las bibliotecas virtuales, el tiempo de buscar asesoramiento y volverse loco con las conjugaciones, con los tiempos y los argumentos (como éste). Volvamos a escribir en servilletas, en papel de diario, de almacén. Gocemos del hecho de comprarnos un cuaderno o de hacerlo con nuestras manos. ¿Desde cuándo necesitamos tantos aparatos para escribir, tanta ortopedia? “Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito”, nos advierte Abelardo Castillo en “Ser escritor”.
Volvamos a la sensualidad de la tiza en la baldosa, el tallo de las plantas carnosas que cortábamos para escribir con el juguito en la vereda. El papel real, el físico, es un hermoso lugar para balbucear. Haga la prueba. Hasta tirar un papel al cesto es más simbólico y tiene más connotaciones que vaciar la papelera de reciclaje.
Ya llegará el momento de acomodar los originales para enviar al concurso con el que nos salvaremos y salvaremos a nuestra descendencia, que esgrimirá orgullosa nuestros galardones. Ya llegará. Mientras tanto, escribamos. No importa dónde o para qué. Escribamos por escribir.


II
Claro que se puede jugar y ser libre y soltarse también utilizando la tecnología. Hace poco tiempo viví una experiencia que derivó en un libro escrito a cuatro manos. Mi amigo Antonio y yo solemos tener conversaciones de chat a diario. Al menos unas palabras pero todos los días (“nulla dies sine línea”). La conversación de chat es similar a la oralidad, en términos de inmediatez, y al borrador, en su característica de texto sin corregir.
Como mi amigo y yo somos poetas dejamos fluir las charlas libremente, sin pensar en el para qué ni en el cómo: solo el qué yendo y viniendo por un espacio (¡por un espacio!). Un día nos descubrimos consultando la carpeta donde las conversaciones quedaban guardadas: primer borrador. De ahí a backupear hubo un solo paso (porque la nube puede ser presa de un colapso en el que la meteorología no tiene nada que ver). No pasó mucho tiempo para que nos diéramos cuenta de que ahí había algo que excedía lo efímero, que nos excedía a nosotros mismos: la materia de un libro. A los cuatro años (justo como la niña del comienzo) decidimos trabajar en la edición. Y ahí empezó otra historia: el arduo proceso de selección, la autocensura inevitable y necesaria, kilos de hojas impresas, trasbordo del formato del chat al Word… y así. Meses. Finalmente lo logramos: el libro estaba ahí, brillante, con olorcito. Pero jamás hubiésemos podido escribirlo sin haber tenido antes la libertad de soltarnos, de echar por la ventana (por Windows exactamente) todos los prejuicios post 40 y post 50. En la construcción del discurso habíamos sido casi unos niños contándose historias, poemando lindo y sin esperar que nadie viniera con su red a cazarnos.

¿Quiere que le confiese algo? El tema de este ensayo lo encontré chateando con mi amigo Antonio. Él me habló del momento anterior a todo intento. Yo solamente me dejé llevar y después, pero mucho después, vino el resto.


martes, 19 de mayo de 2015

Street view



I
la memoria confunde algunas puertas

aparecen vueltas
a pintar
sus frentes cambiados

sus ocupas


(cómo puede ser ajena
tanta ropa suspendida)


II
ellas tenían la costumbre
de alquilar casas al fondo
pasillos interminables y
los pasos retumbaban   
           sentí sentí

yo en cambio busqué casas con terraza
algo que nos ligara al cielo y
nos soltase de la huella del espanto original
(un colibrí que dulcemente me libaba un ojo)



III
si se pudiese romper el recuerdo
lo harías?
romperías el  recuerdo para armarlo de nuevo y
otra vez?
cuál de todos tus juicios tendrás que suspender
para entrar y robar unas cerezas      
unas medias?

pasearías por aquí?
volverías?

celebrar suele ser una idea tan ajena...



celebrar suele ser una idea tan ajena
pero el día sucede
y sus perfiles
¿qué vino primero, el huevo o la poesía?
nacer sigue siendo un sortilegio y
el golpe del agua permanece

alguien viene a dejarte su sonar
las ondas por las que navegás
tranquilo como
un recién nacido que
sabe todo
que recuerda todo

es por eso que
nunca sabés que ropa ponerte
lo que te viste es aquella desnudez
original
con la que vas confiado a arrojar piedritas
en el lago más frío

miércoles, 7 de enero de 2015

un poema de El collar de catalejos


 no había una expresión para
desplumar una gallina
con distintos trazos de la misma luz
ellas sonreían
ellas se sentaban en cajones
de madera
las sonrisas iguales
delantalitos iguales

la manera de trenzarse
las manos
el abrazo que iniciaba el camino
a un buen puchero
los zapatos en el suelo blandito
de plumas
casi parece
una foto de la guerra

pero sus hombres
no pisaban plumas
y con un puñado de raíces no se puede
hacer ni un caldo


en el centro
la gallina resplandece
un chico
atravesado por la sombra
anuncia la tristeza
un extravío del instante
una especie de serio desacuerdo
entre las sonrisas de ellas
que sabían bailar tan bien
con tanta muerte


viernes, 20 de diciembre de 2013

Las casas XV

Más que a la casa, recuerdo al olmo (a la casa, no la extrañaré jamás). El olmo… daba una sombra como de tela. Yo me quedaba ahí debajo, me llevaba un banquito y el mate. El olmo estaba en el fondo, junto a la medianera y a la medianera le faltaba un ladrillo bastante grande en el medio, así que se podía ver para afuera. Recuerdo que por ese hueco los chicos se pasaban cartas de amor. Pero no había cartas para mí, solo mirar desde la tela del olmo cómo la vida pasaba del lado de afuera, las siestas del campo detenidas, de noche los sapos, la vida pasaba lenta, lenta, los vecinos que siempre decían todas las cosas; desde la tela podía ver la higuera, la parrilla donde no supe encender el fuego, los costados de la casa.
Y el portón que daba a la calle de atrás. La esperanza de que alguien pasara por esa calle y me llevara lejos, lejos, donde no hubiera estallidos de maíz, ni pinos invasores, ni lavandas salvajes ni dalias ni santas ni ritas ni búhos acechando en la helada ni hortensias ni sombra de tela de olmo, esa extensa mortaja.

martes, 3 de septiembre de 2013

Tangurria (fragmento)

Quién pudiera adueñarse del misterio de tu amor desmesurado, que de pronto y sin aviso se contiene, se retiene, se apoca y se opaca porque peca, porque pica y los peces se disuelven entre mareas que se aquietan, sorprendidas, se desarman remolinos, se desenroscan, quién pudiera. Yo no puedo.
Cómo bucear tu profundidad de océano con peces ciegos, sin ser otro pez ciego que te nada, sin rumbo y sin respuestas. Cómo sobrenadar la melancolía de las horas que pasan como briznas de hielo, como azotes de espuma.
¿Dónde está tu voz para rendirme? No recuerdo el tacto de tu aliento.
Yo conozco cada una de las anclas que han herido tu piel hasta enterrarse en el fondo mismo de tus años. Las he visto: caen como flechas, cavan túneles efímeros y espantan con sus rugidos a los peces ciegos, como yo, que te nado.
Así ha de ser la soledad: un pez ciego, el abismo y el horizonte que se pierde hacia lo alto, hacia esa luz que siempre, siempre, siempre, es para los otros, los que se animan, los que reman, los que miran.

y un día se le ocurrió nacer



y un día se le ocurrió nacer

sin transición pasó a la lectura
oblicua
princesas en ventanas con alfeizar
niñas pobres hundidas en un gris de escaparates
muchachos destinados a la guerra y la doncella

ella no supo qué decir
(boca afuera)
de ese mundo tan andersen     tan grimm

boca adentro
la historia era distinta

puertas   /   pasillos clausurados

no había princesitas de papá
las pobres niñas se asomaban a ventanas tapiadas
a un después de ladrillos
y los héroes simplemente no estaban

boca adentro la historia no tenía
boca
no se soltaba
y el universo entero conspiraba
para que
                            alguien
pudiese contar
                           y nada más que eso
espacios en blanco
espacios en negro
su propia voz desfigurada